Una de las descripciones más completas del arrebatamiento la hallamos en 1 Tesalonicenses 4:13-18. Este pasaje requiere una atención especial.
Cuando Pablo escribió su primera epístola a los tesalonicenses, solo hacía algunas semanas que se había separado de ellos. Se había visto obligado a dejarlos apresuradamente debido a la persecución (Hch. 17:1-10), luego había pasado un breve tiempo en Berea (Hch. 17:10-14), después había ido a Atenas (Hch. 17:15-34), y por último había llegado a Corinto, donde escribió la carta. Timoteo y Silas habían llegado recientemente a visitarlo provenientes de Tesalónica (Hch. 18:5; 1 Ts. 3:6), y le habían informado que los santos estaban algo preocupados con respecto a los de su comunidad que habían muerto, tal vez debido a las constantes persecuciones dentro de la ciudad. Su pregunta tenía que ver con el estatus que tendrían en la venida de Cristo aquellos que ya habían fallecido. Parecían sentirse tranquilos en cuanto a la idea de ser llevados al cielo en ese momento, pero no estaban seguros de cómo serían las cosas en el caso de los que ya habían muerto.
Pablo expone la respuesta en 1 Tesalonicenses 4. Comienza asegurándoles que no tienen por qué entristecerse (v. 13). Los que «durmieron en él (Jesús)» serán arrebatados para recibir al Señor durante este evento, incluso antes de los que aún vivan. Esto implicará su resurrección de entre los muertos, un acontecimiento que será similar a la resurrección del Señor mismo (v. 14). Después, Pablo les asegura «en palabra del Señor» que aquellos que aún vivan en ese momento ni siquiera «precederán» a los que duermen (v. 15). En lugar de ello, «el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero» (v. 16). Luego «los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire» (v. 17).
Aquí debemos percatarnos de algunos datos adicionales con respecto al arrebatamiento. Uno de ellos es que una resurrección tendrá lugar, y será un momento en el que los que habían muerto previamente en Cristo resucitarán. Otro dato es que los que hayan resucitado así serán arrebatados para reunirse con Cristo antes de los que aún vivan. Además, tanto los muertos resucitados como los vivos se reunirán con Cristo en el aire, y no en algún punto de la superficie terrestre. También, este advenimiento de Cristo estará acompañado de señales audibles, es decir, de «voz de mando», «voz de arcángel» y «trompeta de Dios». Pudiera referirse aquí al mandato de Cristo que se menciona en Juan 5:28-29, de que los que están en los sepulcros «salgan a resurrección de vida». Como solo Miguel recibe el nombre de «arcángel» en las Escrituras (Jud. 9), probablemente sea él quien acompañe a Cristo y sea el responsable de la «voz» que se menciona. Tal vez él profiera una voz de triunfo ante el acontecimiento próximo a suceder. La «trompeta de Dios» se identifica mejor con la «final trompeta» que se menciona en 1 Corintios 15:52, pues ambas expresiones se refieren muy probablemente a un sonido de trompeta que anuncia una liberación. A veces los cristianos emplean la designación de «arrebatamiento secreto». Sin embargo, esta frase es algo engañosa, porque, aunque se desconozca previamente el momento, estas señales audibles sí ocurrirán. Ciertamente todos los santos las escucharán, y probablemente también las escuchen los inconversos. Estas señales les permitirán saber a los inconversos que este importante acontecimiento está ocurriendo, y que ciertamente ellos han sido excluidos.
Cuerpos glorificados
Los justos recibirán cuerpos glorificados en el momento de su resurrección. En las Escrituras no se dice nada sobre los cuerpos resucitados de los incrédulos, pero se dice mucho sobre los cuerpos de los justos. Pablo se refiere al cambio de cuerpo que experimentarán los justos, cuando dice que nosotros que «tenemos las primicias del Espíritu… gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Ro. 8:23). Es decir, los santos cuyos espíritus han experimentado una renovación, aguardan con ansias el momento en el que sus cuerpos también sean hechos nuevos. En esta vida, el cuerpo sigue actuando como un impedimento para el espíritu redimido. Necesita el cambio que solo la resurrección puede proporcionarle.
Este tema se aborda con profundidad en 1 Corintios 15:35-54. Pablo comienza planteando las siguientes interrogantes: «¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?». Luego él describe ese cuerpo. En el versículo 42 dice que será un cuerpo incorruptible, que no estará sujeto a la descomposición; en el versículo 43 dice que será un cuerpo de «gloria» (es decir, honrado por Dios y libre de los efectos de la maldición), y de «poder» (o sea, no sujeto a debilidad, cansancio o enfermedades); y en el versículo 44, él señala que será un «cuerpo espiritual» refiriéndose a que, aunque será muy real, no estará sujeto a todas las limitaciones naturales del cuerpo presente, el cual necesita alimentación, reposo, cuidados médicos, etc. Tras brindar esta descripción Pablo afirma, en los versículos 51 y 52, que los que en ese momento aún vivan recibirán cuerpos glorificados, pero a través de un cambio repentino y no a través de la resurrección. Esto ocurrirá, según él, «en un momento, en un abrir y cerrar de ojos». Él añade que estos cuerpos transformados serán incorruptibles e inmortales (v. 53).
A la hora de comprender la naturaleza de los cuerpos glorificados, posiblemente nos resultará de suma utilidad la afirmación paulina de que Dios «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya» (Fil. 3:21; cf. 1 Jn. 3:2). Los cuerpos glorificados serán entonces como el cuerpo resucitado de Cristo. En ese cuerpo, Cristo pudo entrar en un aposento estando la puerta cerrada (Jn. 20:19, 26); desaparecerse de la vista de las personas mientras hablaba con ellas (Lc. 24:30-31); permanecer en el incógnito ante los demás hasta que a estos les fuera concedida una percepción especial (Lc. 24:15-16, 31; Jn. 20:15-16), y desafiar la gravedad al ascender desde la tierra para desaparecer en las nubes (Hch. 1:9). A la misma vez, Su cuerpo era real, pues podía ser tocado (Jn. 20:27). Podía hablar (Lc. 24:17-32), y es claro que podía consumir alimentos (Lc. 24:30; Jn. 21:12-15). Los cuerpos glorificados, por tanto, serán reales y físicos, pero no estarán sujetos ni a la muerte ni al deterioro. No se cansarán ni se enfermarán, no necesitarán comida para su sostenimiento, aunque puedan comer ocasionalmente; y no estarán limitados ni por la materia física común y corriente, ni por las leyes naturales, pues podrán desaparecer y aparecer a voluntad, y desafiar la gravedad haciendo movimientos ascendentes. Como Cristo mismo, en Su ascensión, al parecer se elevó de la tierra al cielo a la velocidad de la luz, sin duda esto también será posible para los santos glorificados. Los santos de la Iglesia estarán dotados de cuerpos semejantes en el momento del arrebatamiento, y con ellos ascenderán para reunirse con Cristo en el aire.
Este artículo es un extracto del libro La Biblia y los eventos futuros, publicado por Editorial EBI.
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