Un pequeño libro para un corazón dolido es un devocional de cincuenta lecturas breves que Paul Tautges escribió para quien acaba de perder a alguien. Estas dos meditaciones van juntas: la primera mira a Job el día que lo perdió todo; la segunda responde cuánto puede durar la tristeza.

Lamenta y adora

Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza,
y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre
de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó;
sea el nombre de Jehová bendito.
Job 1:20-21

El lamento puede llevar a la adoración si reconocemos la mano de Dios en lo ocurrido. Si permitimos que nuestra aflicción se centre exclusivamente en nuestra pérdida, podríamos ser tentados a tratar de sobrellevarla solos; incluso sin la ayuda de Dios. Pero cuando la tristeza es rodeada por la fe, resulta en la humildad de la adoración. La adoración puede, y debería, coexistir con el lamento. En realidad, el lamento que no adora se convertirá finalmente en destructivo.

Desde una perspectiva humana, podría parecer que el hombre llamado Job tenía todo el derecho a enojarse con Dios. Después de todo, él y su esposa habían perdido repentinamente toda posesión terrenal y a sus diez hijos. El dolor emocional debe de haber sido indescriptible. Sin duda, no hay palabras para describir de manera adecuada cuánto se dolían él y su esposa. En cierto momento, Job se preguntó si no hubiese sido mejor no haber nacido nunca (Job 10:19). No obstante, en lugar de enojarse con Dios y alejarse de Él, Job se volvió al Señor con una adoración de quebrantamiento y humildad.

Si tu pérdida es reciente y tus heridas aún no han cicatrizado, la adoración podría ser muy simple y emocional. La adoración de Job incluyó ambas cosas: «rasgó su manto» (una señal de profundo dolor interior), «rasuró su cabeza» (una manifestación externa de lamento) y «se postró en tierra» en adoración. No sabemos con seguridad que Job haya hablado de inmediato. Quizá lloró en silencio… al principio… sin saber qué decir.

Pero cuando su tristeza encontró cómo expresarse, reconoció humildemente el señorío de Dios sobre su agonía y su pérdida personal. La adoración se convirtió en la voz de su dolor. En su corazón, Job sabía que era el Señor quien originariamente le había dado posesiones, riqueza e hijos. Señor proviene del hebreo Adonai; el nombre que habla de la posesión, el gobierno y la autoridad de Dios sobre cada parte de Su creación. Job inclinó su corazón y su cabeza delante de Adonai. Esto es significativo. La fe de Job descansaba en Aquel que había dado, pero que también tenía la autoridad para quitar. Por lo tanto, en definitiva, quedaba solo una cosa que pudiera decir Job: «sea el nombre de Jehová bendito».

¿Puedes tú hacer lo mismo, de corazón? Tal como Job, tal vez necesites procesar tu tristeza a fin de poder adorar de corazón. Adorar con el pueblo de Dios sirve para fomentar nuestros malheridos esfuerzos por adorar. Si todavía no estás involucrado en una iglesia local —y quizá también en un grupo pequeño— busca una. «Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (He. 10:23-25).

¿Cuánto dura la tristeza?

¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?
¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma,
con tristezas en mi corazón cada día?
Salmo 13:1-2

Las pérdidas no son siempre repentinas, como lo fue para Job (Job 1:13-19). A veces, son graduales. Otras veces, vienen por etapas. Lo mismo sucede con la tristeza.

Hace años, poco después de que mi mamá murió en solo tres horas por una hemorragia cerebral, un amigo me lo describió así: «Paul, tu pérdida fue repentina, instantánea e inesperada. La nuestra fue gradual. La demencia senil fue robándonos a nuestro papá poco a poco. Sentimos como que le habíamos dicho adiós mil veces antes de que nos dejara físicamente».

Es importante reconocer esta diferencia porque, así como la pérdida puede tener lugar durante un espacio de tiempo, lo mismo sucede con tu tristeza. La tristeza es un denominador común para todos, pero también es particular. Sin duda, hay similitudes, pero no hay dos personas que se lamenten exactamente del mismo modo o según el mismo cronograma. En raras ocasiones, si es que existen, el proceso parece igual.

Quizá puede parecer que un amigo supera su dolor más rápidamente que tú. Si es así, ten cuidado. Comparar tu angustia con la de otros no hará que la tuya sea más soportable. O tal vez, tú estás «logrando pasar» tu tristeza más fácilmente que otros. Si este es el caso, ten cuidado. Evita criticarlos. Sé paciente. Mantente fiel mientras caminas con ellos a través de su valle. Recuerda: la tristeza suele durar más de lo que esperas.

La rapidez con la que te curas no es importante. Lo que importa es que vivas por la fe en las promesas de Dios, lo cual trae como resultado más amor a Dios y a los demás. A medida que lo haces, a menudo de forma imperceptible, vas progresando cada día —dejando atrás la tristeza y el dolor, y avanzando hacia la aceptación y el gozo— y estás ayudando a otros a hacer lo mismo. Cuando la tristeza se internaliza y permanece allí, se convierte en autocompasión. La autocompasión, cuando es alimentada, puede tornar fácilmente tu dolor en un ídolo. Te das cuenta de que esto ha sucedido cuando tu dolor, o tu temor de dolores futuros, se vuelve una razón para desobedecer los dos mandamientos más grandes de Dios de amarlo a Él y a los demás (Mt. 22:36-40).

«El tiempo cura todas las heridas», dicen algunos. Pero ¿es realmente cierto? Sí, el tiempo te permite alejarte gradualmente de la causa inicial del dolor. Pero el tiempo —en sí y por sí mismo— no sana. Dios es tu Sanador (Éx. 15:26). Por medio de Su Espíritu y a través de Su Palabra, el Señor obrará en tu corazón, a Su tiempo y manera. Algunas pérdidas se sienten durante toda la vida. Algunas lágrimas no serán enjugadas hasta que lleguemos al cielo.

Por lo general, la gracia sanadora de Dios fluye como una corriente constante, no como una inundación repentina. Por lo tanto, lleva tu dolor ante el Señor, como lo hizo el salmista. Pon tu anhelo en Sus manos. Pregúntale: «¿Hasta cuándo?». Expresa con sinceridad tu soledad: «¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?». Habla con el Señor sobre tu tristeza. Dios te invita a lamentarte. Será fiel siempre. Hará «todo… hermoso en su tiempo» (Ec. 3:11).

Lee el Salmo 13. Escribe una versión personalizada del texto a la luz de tu sufrimiento personal y la victoria segura de Dios en tu vida.

Este artículo es un extracto del libro Un pequeño libro para un corazón dolido, publicado por Editorial EBI.

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